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TÓPICA DE LA ESCISIÓN EN PSICOSOMÁTICA

Posted in Blog, and Divulgación

Madrid, 2 de diciembre de 2017(Traducción: José María Franco y Cristina Rolla)

 

Síntoma somático y cuerpo erótico

Empezaré por una viñeta clínica: Se trata de una paciente de 30 años, que presenta un estado somático inhabitual. Sufre desde los 15 años de una diabetes juvenil, cosa que es banal. Por el contrario, lo que es menos banal, es que desde entonces no la tratan con insulina. No por incompetencia de los diabetólogos, sino porque esta diabetes, que debería de estar descompensada desde hace tiempo, no está aún en fase insulino-dependiente. La paciente recibe desde sus 15 años, Glucophage y pequeñas dosis de Diamicron.

Presenta algunos rasgos neuróticos (fobia, alteraciones conversivas: vértigos, paresias, frigidez etc. ) por las que intentó varios tratamientos : una psicoterapia analítica durante dos años con un terapeuta mudo, un tratamiento psiquiátrico convencional con antidepresivos y ansiolíticos durante un año, una terapia conductista durante tres años, un psicoanálisis junguiano asociado a una terapia de grupo con el mismo analista durante cuatro años (dos sesiones de grupo y una sesión individual en diván por semana). Sin cambio notable de sus síntomas. Añadiré que esta paciente es médico, especialista en anestesia-reanimación, que le gusta la literatura y posee una sólida cultura general. También sueña mucho, y cuando inicia su análisis conmigo, tres sesiones por semana, aporta, casi en cada sesión, un sueño, que es la ocasión de asociaciones ricas, gracias a las cuales tenemos prueba de que rápidamente se instaló una « neurosis de transferencia».

Precisaré que, antes de proponerle el diván, hice con ella un trabajo de seis meses cara a cara para tratar de contener las consecuencias de una crisis que parecía grave y que motivó su consulta. Estaba entonces hundida en una depresión con una tristeza extrema, pobreza del discurso, pensamiento enlentecido, regresión hipersomníaca, inercia, y cese laboral. Durante esta fase del tratamiento, los movimientos afectivos que comenzaban por la angustia, desaparecían rápidamente en su apatía.

¿Cómo llegó esta paciente a este estado depresivo? Ella estaba en análisis y soñaba mucho. Un buen día, con un humor de perros, llevó a su analista un sueño sobre materias fecales. Después siguieron otros sueños del mismo tipo. El analista habría dicho que la aparición de defecaciones en los sueños, hacía de estos últimos «sueños de desestructuración». Y decide ponerla inmediatamente bajo Haldol (haloperidol) a dosis altas. La paciente se siente entonces aplastada por una intensa fatiga y, antes de que tuviera tiempo de decir cualquier cosa en la sesión siguiente, su analista se proclamó victorioso: «Es eso, es una caída de la energía». Telefonea a su marido para prescribir a todo su entorno que la mimen y la cuiden para que pueda dormir mucho etc. Resultado: la paciente permanece tumbada en la cama, átona y apragmática y se siente cada vez peor. Finalmente, hay que hospitalizarla. Las glucemias son entonces muy elevadas, la diabetes se descompensa y hay que inyectarle insulina. Cuando cuenta este episodio, noto que no me parece nada enfadada por lo que le habían infligido. Piensa más bien que debe haber en ella un « defecto de fabricación» que justifica esa conducta terapéutica. Está resignada.

Si cuento esta anécdota, no es para criticar al médico que actuó racionalmente en función de sus referencias junguianas a los arquetipos y, por ello mismo, rechazó el cuerpo erótico, sino porque ilustra los efectos de una decisión que destruye un movimiento de elaboración que se realiza precisamente, a mi entender, a partir de la estructuración mediante el sueño de las sensaciones eróticas anales, suscitadas por la transferencia de un modo agresivo. Neutralizando la aparición del placer anal, la administración de neurolépticos destruye la base erótica del pensamiento dirigido al analista, dando lugar a la atonía afectiva y a la detención del pensamiento.

Hicieron falta algunos meses para tener de nuevo acceso a esta dimensión de la analidad en las mociones eróticas de la paciente. Comenzó su análisis conmigo con una transferencia masiva al límite de la erotomanía, desencadenamiento erótico en cierto modo, al salir del tratamiento neuroléptico: cinco meses después, trajo este sueño: «Es un sueño horrible, iba a un establo para que me dieran una clase de equitación. En el establo el suelo estaba cubierto de un metro de mierda, resbaladiza. ¡Horrible! Había un caballo muy grande que acababa siendo arrastrado por el río de mierda.» Finalmente, pudo encontrar un caballo de su talla, es decir, un caballo enano (la paciente es de baja estatura). Este caballo no estaba demasiado manchado de mierda.

Las asociaciones conducen al episodio de los sueños que motivaron la prescripción del Haldol (haloperidol). Tiene tanto miedo de mi reacción que apenas osa contarme el sueño. Sin embargo, otras asociaciones son posibles, y conducen desde el caballo grande arrastrado por la mierda, a su madre, luego a mí, lo que me permite decirle que se desprende de mí, sin miramientos, con mi gran hocico de caballo, para subirse a una montura de su talla que parece le convenga más. Su diabetes estaba ya reequilibrada con pequeñas dosis de insulina cotidianas dadas en una única inyección.

Lo que quiero introducir con esta viñeta clínica, es la cuestión de las modalidades del compromiso del cuerpo con el pensamiento. Asistimos en este corto extracto a un ataque contra el pensamiento, por el tratamiento neuroléptico, al que sigue una descompensación somática. Después, aparece el movimiento inverso: de qué manera una moción pulsional sometida al trabajo del análisis en neurosis de transferencia, da nacimiento a un trabajo mediante el sueño que nos habla de la integración de una zona erógena mientras que la función endocrino-metabólica vuelve a un estado de equilibrio (o de compensación). Me parece que este movimiento muestra hasta qué punto el cuerpo erógeno está implicado en la formación del pensamiento, o mejor, en el trabajo del pensamiento movilizado por la transferencia.

Para captar, en una primera aproximación, este co-nacimiento o este co-resurgir del pensamiento y del movimiento intencional del cuerpo, hay que pasar por la fenomenología del cuerpo. Michel Henry muestra que tanto la vida, como la afectividad, están ligadas a los «saberes elementales del cuerpo». Estos saberes elementales del cuerpo como andar, correr, empujar, estirar, gritar etc., están dados. No son el producto de un pensamiento que los precedería, los concebiría o los organizaría. Es exactamente lo contrario: el pensamiento nace súbitamente de estos saberes elementales del cuerpo, cuando estos últimos chocan con la resistencia del mundo, también cuando el cuerpo choca con los límites mismos de sus posibilidades: límites infranqueables que se le imponen. Cuando el sujeto hace la experiencia de la resistencia de su propio cuerpo respecto a su poder en el actuar, está haciendo, entonces, la experiencia del sufrimiento. Al mismo tiempo que en este sufrimiento, absolutamente pasivo, el mundo se revela al que va hacia él. El conocimiento del mundo es primeramente una experiencia padecida. Y esta experiencia carnal es la que puede eventualmente hacer emerger el pensamiento. No hay pensamiento sin cuerpo. Hace falta un cuerpo habitado afectivamente, un cuerpo primero, que experimente primero, para poder pensar.

La noción del actuar expresivo

La cuestión que hay que elucidar aquí, no estaría situada entre la psique y el soma, entre el espíritu y el cuerpo, entre el cerebro y el pensamiento. Habría más bien que interrogar directamente la manera en que el cuerpo se compromete en la relación con el otro.

La relación con el otro, en particular el encuentro erótico, moviliza el cuerpo erógeno y lo pone a prueba. La relación amorosa es sin duda la que va más lejos en la movilización de la afectividad porque, precisamente, va hasta el cuerpo a cuerpo. Prueba decisiva, si se trata de la vida que se experimenta en sí.

En el registro erótico se movilizan registros expresivos (acción) y no solamente registros afectivos (pasión). El encuentro con el amante solicita gestos y no únicamente afectos: caricias, besos, abrazos y muchos gestos más.

Pero el cuerpo comprometido en ellos, estos movimientos, estas mímicas, estas actitudes, estas posiciones, esta psicomotricidad, estos susurros, estos temblores, esta voz, estos gritos…no es desde luego el cuerpo biológico el que los organiza. Los movimientos del cuerpo que confieren a los decires como al silencio sus acentos y, al fin de cuentas, su sentido, emanan del cuerpo erógeno.

Mediante el término «actuar expresivo» se pueden designar las modalidades de movilización del cuerpo frente al actuar sobre el otro, para provocar en él tal o cual emoción, deseo, contención, incluso miedo. Esta noción del actuar expresivo está a medio camino entre la fenomenología del cuerpo que es también una fenomenología de la vida absoluta, y de la metapsicología.

¿Sería posible retomar ahora la intuición fenomenológica en términos propiamente metapsicológicos?

La pulsión no piensa

Sabemos que entre cuerpo y pensamiento, entre soma y psique, el aparato teórico freudiano propone un concepto clave: el de la pulsión[1]. ¡De acuerdo! La pulsión es tomada por muchos autores como un concepto-límite entre el cuerpo y el alma, como el concepto más somático de la meta-psicología. Pero no se sabe muy bien si el recurso al concepto de pulsión para establecer una continuidad entre fisiología y psicología constituye una respuesta al problema del dualismo o del monismo somato-psíquico, si constituye una fórmula de espera o si sirve para esquivar un problema no solamente teórico, sino substancial.

En efecto, la pulsión no es el pensamiento. Sería absurdo decir que una pulsión piensa. La pulsión es primeramente y ante todo la búsqueda de satisfacción, es decir, si seguimos a Jean Laplanche en su comentario sobre los dos principios del funcionamiento psíquico, es una búsqueda de excitación. Esta última interpretación es, y ello merece ser subrayado, congruente con la idea según la cual el placer sería ontológicamente consubstancial a la experiencia del cuerpo que se siente a sí mismo y al poder de auto-afección de la vida por ella misma.

De manera que lo contrario del placer sería típicamente la insensibilidad, la anestesia del cuerpo, el borrado de toda excitación, incluso de la excitabilidad en su propia base, la extinción de la afectividad, la vivencia de la frigidez absoluta, la experiencia del vacío. Encontramos aquí la idea defendida por Didier Anzieu y su referencia privilegiada a Pascal (cf Catherine Chabert página 45-47).

En efecto, para la subjetividad hay un peligro mucho más grave que el sufrimiento: es la extinción, la experiencia de la desaparición de todo afecto cuando el cuerpo es vivido como indiferente, inerte, muerto en su interior (la experiencia de hundimiento de Winnicott).

Esta experiencia puede surgir en ciertas situaciones psicopatológicas particularmente graves: la esquizofrenia (en particular la hebefrenia), el apragmatismo, el duelo, la depresión, la amencia, la astenia crónica (neurastenia), la «depresión esencial» (descrita por Marty, 1968).

El carácter particularmente penoso de estos estados y la dificultad práctica que ocasionan al analista, vienen precisamente del hecho de que esta deserción de la experiencia del cuerpo se acompaña de una ausencia del pensamiento.

La pulsión y el cuerpo: La subversión libidinal

Dado que la pulsión no piensa, ¿cómo sostener la intuición en virtud de la cual es la experiencia del cuerpo la que produce el pensamiento? Porque entre la pulsión como búsqueda de excitación y el pensamiento movilizado por el cuerpo, tiene que haber un eslabón intermediario que permita comprender de qué manera la pulsión se hace pensamiento. Para entenderlo, hay que pasar primero por la arqueología del cuerpo y sus relaciones con la pulsión.

Es a partir de los desórdenes graves de la vida erótica que nos es posible proponer una reconstrucción teórica del orden erótico. La organización del cuerpo erótico – el cuerpo del que estamos hablando- pasa por una operación descrita por Freud en Tres ensayos sobre la teoría sexual bajo el nombre de apuntalamiento de la pulsión sobre la función fisiológica. Esta operación, fundadora de la sexualidad psíquica, no dejo de recordarlo, consiste en un proceso sutil: el niño se esfuerza en mostrar a sus padres que su boca, por ejemplo, no le sirve solamente como órgano destinado a la nutrición. Su boca le sirve también para chupar, besar, morder y, más tarde, le servirá para pequeños juegos de su vida sexual. Haciendo esto, el sujeto afirma una cierta independencia del uso de su órgano- la boca- respecto a su primitivo destino. Afirma que si se sirve de su boca, no es sólo porque tiene hambre sino, también a veces, para su placer. Descubre al mismo tiempo que no es esclavo de sus instintos y de sus necesidades, que no es solamente un organismo animal, sino que busca convertirse en sujeto de su deseo. Puede incluso ir demasiado lejos en esta dirección y afirmar que su boca no le sirve más que para el placer; se vuelve entonces anoréxico para caricaturizar su liberación respecto al registro de la necesidad. Queriendo despreciar hasta este punto el peso biológico, corre incluso el riesgo de morir.

Vemos que el apuntalamiento opera como una subversión. La boca, sirviendo de pivote a la subversión, puede ser reconocida como zona erógena. Es cierto que hablamos aquí de un órgano y no de una función. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, para liberarse poco o mucho de la dictadura de una función fisiológica, el órgano es un intermediario necesario: la subversión de la función por la pulsión pasa por el órgano.

Freud describió los estadios sucesivos de la edificación sexual[2]. Paso a paso, diferentes partes del cuerpo servirán de zonas erógenas (a decir verdad, esencialmente las partes del cuerpo que limitan el interior con el exterior: órgano de los sentidos, esfínteres, piel y, en menor grado, vísceras internas). Estas zonas serán arrancadas progresivamente a sus dueños naturales y primitivos que son las funciones fisiológicas, para ser poco a poco subvertidas en provecho de la construcción de lo que se llama cuerpo erótico. Gracias a esta construcción de la sexualidad psíquica y del cuerpo erótico, el sujeto consigue liberarse parcialmente de sus funciones fisiológicas, de sus instintos, de sus comportamientos automáticos y reflejos, incluso de sus ritmos biológicos. De esta manera, la sexualidad humana consigue librarse, en una cierta medida, de sus ritmos endocrino-metabólicos. En la mujer, por ejemplo, la sexualidad no sigue el ciclo menstrual y no cesa en la menopausia. Gracias al apuntalamiento, el registro del deseo instaura su primacía sobre el de la necesidad, la pulsión (lo sexual) se separa parcialmente del instinto (la autoconservación).

Aquí conviene precisar que la conquista subversiva del cuerpo fisiológico por el cuerpo erótico tiene siempre un carácter inacabado y que, además de los inevitables «accidentes» que ocurren en el curso de este desarrollo, al cuerpo erótico siempre hay que reconquistarlo. Salvo casos excepcionales, la sexualidad psíquica y la economía erótica están a menudo amenazadas de «desapuntalarse» y de engendrar un movimiento contra-evolutivo, del que luego veremos las consecuencias.

La construcción del cuerpo erótico es seguramente una potencialidad inscrita en el patrimonio genético humano. Entre esta potencialidad y su realización, hay de todas formas una distancia que no puede ser franqueada más que gracias a las relaciones que establece el niño con el adulto. El desarrollo del cuerpo erótico es el resultado de un diálogo alrededor del cuerpo y de sus funciones, que se apoya en los cuidados corporales prodigados por el adulto y cuyas etapas principales se juegan en los primeros años de la vida. El diálogo en cuestión afecta a la pareja niño-adulto. Es decir, que el funcionamiento psíquico del adulto, sus fantasías, su sexualidad, su historia, su neurosis infantil van a marcar de manera muy singular el diálogo que se instaura con el niño, hasta el punto de inscribir en la carne del niño las marcas de su propio inconsciente de adulto.

La ontogénesis del cuerpo subjetivo se precisa. Todo el proceso se desarrolla en la relación al otro. Y aquí el otro no es exactamente un alter ego. El psicoanálisis sugiere que esta relación es desigual (Ferenczi, 1932; Laplanche, 1987). El recién nacido, como el niño, descubre su cuerpo y la afectividad absoluta de la vida, en una relación desigual con el adulto. Y el lugar esencial del encuentro entre el niño y el adulto, es primero el cuerpo: los cuidados del cuerpo, los juegos del cuerpo.

En la perspectiva psicoanalítica y no solamente en la perspectiva fenomenológica, el cuerpo aparece como el lugar geométrico a partir del cual se despliega progresivamente la subjetividad. Por otro lado, el reto en el plano instrumental de estas relaciones entre el adulto y el niño están primero, en el mundo objetivo; la calidad de los cuidados, la maduración continua y el desarrollo armonioso del cuerpo biológico del niño. Esas relaciones, provocan al mismo tiempo y por su mismo movimiento la emergencia de otros retos: el placer, el deseo, la excitación…y más ampliamente la dimensión erótica indisociable de los juegos del cuerpo. Forma esencial en la que el cuerpo comienza a experimentarse a sí mismo, a descubrirse, a conocerse, a transformarse. El segundo cuerpo, el cuerpo erótico, nace del primero, el cuerpo fisiológico. Entre los dos, los gestos del adulto sobre el cuerpo del niño, que no podríamos reducir a su material y a su vocación instrumental. El encuentro del cuerpo del niño desencadena, nolens volens, en el adulto, sentimientos y afectos, moviliza sus fantasías y su inconsciente. Aunque estemos allí lo más cerca de la dimensión técnica de las manipulaciones por el adulto del cuerpo del niño, estamos también muy lejos: en la subjetividad, la intersubjetividad, la afectividad y lo invisible. Y es en este lugar geométrico del cuerpo donde se produce, con más o menos bienestar por otro lado, la subversión libidinal de las funciones fisiológicas. Así, para el psicoanalista, la afectividad absoluta de la vida que se experimenta en sí misma, se hace conocer inevitablemente por una emancipación del cuerpo vivido a partir del cuerpo biólogico. Hay que señalar también que este cuerpo vivido se experimenta primero como un cuerpo erógeno. Para el psicoanalista, afectividad y erogeneidad son indisociables.

Queda por saber si la subversión erótica del cuerpo fisiológico tiene consecuencias aguas arriba, es decir, sobre las funciones fisiológicas mismas. La clínica psicosomática sugiere que cuando aparecen ciertas alteraciones del funcionamiento psíquico, que alteran la economía del cuerpo erótico, aparece al mismo tiempo un riesgo de enfermedad somática.

El «desapuntalamiento» de la pulsión sobre la función parece capaz de facilitar una descompensación somática, como ilustra la viñeta clínica expuesta anteriormente. A partir de estas constataciones clínicas, se puede hacer la hipótesis que, si la subversión libidinal no supone, propiamente hablando, un suplemento de solidez al funcionamiento fisiológico, en todo caso el desapuntalamiento del mismo, parece relativamente peligroso para la salud del cuerpo.

El pensamiento descarnado

Si se admite la hipótesis de que son los estados del cuerpo los que generan todo pensamiento, y que todo pensamiento expresa, incluso en estado latente, una experiencia del cuerpo, toda experiencia de vacío o de frigidez debería traducirse como ausencia de pensamiento. A menudo es el caso, en particular en psicopatología como lo sugerí más arriba. Pero, sin embargo, sabemos bien que existen formas de pensamiento que se expresan sin afecto como si, ciertamente, el cuerpo «no estuviera ». Y, por ello, estas formas de pensamiento desencarnado suenan falsas. Dan una impresión de inautenticidad. Las encontramos precisamente en las configuraciones psicológicas que se inscriben en la normalidad, incluso «hipernormalidad»: “personalidad como si” (as if), “pensamiento operatorio”, pensamiento que indica “desapego” o se asemeja a la “discordancia”, “normopatía”.

Estas formas de pensamiento sin carne corresponden efectivamente a una ausencia del cuerpo. Estamos pues, ante una paradoja: ciertamente un pensamiento un poco particular, pero un pensamiento a pesar de todo, que parece bien cortado del cuerpo. ¿Pero, de qué manera este pensamiento es posible únicamente en la perspectiva de la primacía del cuerpo erógeno?

Las zonas excluidas del cuerpo erógeno y la agenesia pulsional

Para tratar de comprender esta vulnerabilidad respecto de la descompensación somática y sus relaciones con la sexualidad, tenemos que volver a la genealogía del cuerpo erógeno, es decir, a la subversión libidinal. Pero deteniéndonos esta vez en los fracasos o en los «accidentes» de esta subversión, en los callejones sin salida (impasses) del cuerpo a cuerpo entre el niño y el adulto, ya que, sin duda, es aquí donde se encuentra el origen del pensamiento descarnado.

La noción de subversión libidinal designa un proceso que conduce a la formación del cuerpo erógeno. No se trata de un proceso natural. Resulta de la relación específica del niño con el adulto en torno a los cuidados corporales. Pero la manera en la que el adulto acompaña las solicitaciones del niño para jugar con su cuerpo y con el del adulto, depende de la capacidad del propio adulto para jugar. Estos juegos suscitan en el adulto reacciones variadas que están estrechamente ligadas a sus propias fantasías y a la libertad o comodidad con la que dispone de su propio cuerpo en función de su organización psíquica. Algunos de estos juegos que el niño suscita, provocan a veces en el adulto reacciones desproporcionadas con la situación. Las más preocupantes son aquellas que provocan la aversión, el asco, el rechazo y el odio hacia el cuerpo del niño. No raramente ocurre que el adulto reaccione con violencia contra el cuerpo del niño y le golpee brutalmente, provocando en el niño una excitación que desborda todas sus posibilidades de ligadura y le coloca en situación de traumatismo psíquico, es decir, en la imposibilidad de pensar lo que se produce en su cuerpo. Existen otras maniobras aparte de la violencia para alcanzar este resultado, pero la violencia se encuentra frecuentemente en el trabajo del análisis con los pacientes que sufren enfermedades somáticas crónicas (el otro tipo principal de reacción compulsiva del adulto, ocurre cuando el adulto se deja llevar por su excitación sexual hasta el abuso sexual del que nos habla Ferenczi). Las consecuencias de estas reacciones del adulto son de dos tipos. Por un lado, en el propio cuerpo la subversión libidinal se detiene, lo que cristalizaría bajo la forma de una agenesia parcial del cuerpo erógeno. Por otro lado, la excitación de esta zona del cuerpo, cuando se solicita ulteriormente, no podrá detenerse mediante un trabajo del pensamiento

Para decirlo en términos de la teoría de la seducción generalizada de Jean Laplanche que sirve aquí de referencia, el mensaje del adulto no puede ser objeto de un trabajo de traducción. No tanto porque el código de traducción sea deficiente, sino porque el trabajo de la traducción estaría bloqueado por la violencia del adulto. En el centro de esta perturbación del intercambio adulto- niño, pareciera que encontramos a menudo la intención (inconsciente) del adulto de detener el pensamiento del niño, es decir, las fantasías, la curiosidad, el deseo de comprender y de traducir del niño (el caso Philipa, En Recherches Psychanalytiques sur le corps). Serían electivamente los contenidos del pensamiento en el tránsito hacia a la mente del niño, manifestando el deseo de este último de comprender y de traducir las fantasías del adulto, lo que el adulto persigue y trata de neutralizar. Para ello, sobrecarga el aparato psíquico del niño. Provoca una ruptura que petrifica el pensamiento del niño y lo consigue muy a menudo golpeándolo y más raramente rompiendo brutalmente el contacto con él: dejándolo solo “para castigarlo”, con el exceso de excitación que ello produce, o incluso violándolo.

Esta hipótesis de la cristalización de zonas frías, desprovistas de toda potencialidad erógena en el curso del desarrollo, conduce a reconocer una forma de sedimentación, de materialización, de anatomización en cierta manera, de la historia de las relaciones niño-adulto. La historia de la subversión libidinal podría así descifrarse bajo la geografía del cuerpo erógeno.

Las zonas excluidas de la subversión libidinal serán luego inapropiadas para aportar su participación en «el actuar expresivo».

Inversamente, cuando se solicita el actuar expresivo, concretamente en el encuentro amoroso y en el cuerpo a cuerpo, para jugar con este repertorio erótico inaccesible, se corre el riesgo de que se manifieste lo que esta exclusión provocó: una vulnerabilidad electiva para la aparición de una enfermedad somática que afecta la función biológica proscrita de la subversión libidinal Así, podría ocurrir que, en ciertos casos de enfermedades del cuerpo, el síntoma somático no afecte el cuerpo por casualidad, sino electivamente en la zona de exclusión que nosotros propusimos caracterizar como «función proscrita de la subversión libidinal».

Ciertos sujetos se defienden mediante diversas formas de frigidez, contra el riesgo de esta descompensación particular deletérea.

«La elección de la función»

En otros términos, los callejones sin salida (impasses) de la relación con los padres en los juegos del cuerpo se concretizan en el fracaso de la subversión de ciertas funciones fisiológicas que quedan bajo la primacía de lo fisiológico, por no haber sido suficientemente subvertidas en beneficio de la expresividad libidinal, en la intersubjetividad.

Propongo pues el término de « proscripción de la función » fuera del orden erótico, para señalar el fracaso de la subversión libidinal de una función biológica. En cierta manera es un « accidente de la seducción del niño por el adulto » Clínicamente se puede ver en las «parestesias» del cuerpo o en las torpezas, rigideces, inexpresividades, frialdades, tensiones e inhibiciones del cuerpo en el comercio intersubjetivo, tanto en la construcción de las manifestaciones de la seducción, como de la cólera, de la agresividad, de la ternura o de la sensibilidad, y tanto en la motricidad como en las alteraciones del timbre de la voz, en el estupor como en el reír, etc.

La «elección del órgano»: en esta concepción, la descompensación somática no se mueve a ciegas en el cuerpo, sino que se dirige electivamente hacia la función proscrita del actuar expresivo. Por eso me sentí llevado a substituir la cuestión de la elección del órgano por la elección de la función. La enfermedad somática se alojaría en uno o varios órganos, no por casualidad en el cuerpo, sino en la estricta medida de su implicación en la función biológica proscrita de la subversión libidinal.

Se puede precisar ahora que, si existe «elección» inconsciente, esta elección concierne a la función, sellada por los callejones sin salida (impasses) psíquicos de los padres. El órgano no se escoge directamente. Más allá de la función erótica o expresiva puesta en la mira, la función biológica queda afectada; el órgano lo es, sólo, secundariamente.

 

El apego y la tercera tópica

La teoría de la seducción de Jean Laplanche da cuenta de la formación del inconsciente sexual mediante la represión originaria. Pero la teoría de la seducción plantea también que en el origen de todo este movimiento estructurante del inconsciente, está la apetencia instintiva de comunicarse del bebé, aportada por el apego: el apego es la “onda portadora” de una comunicación que ulteriormente se desvía por los mensajes del adulto comprometidos por lo sexual, por la seducción ejercida inconscientemente por el adulto sobre el niño.

En otros términos, allí donde la subversión libidinal fracasa, es decir, cuando el tiempo de traducción- el de la experiencia afectiva, necesariamente corporal de la excitación está bloqueado por la violencia ejercida por el adulto sobre el niño, entonces cristaliza algo que procede del apego. Este residuo instintivo está relacionado con el inconsciente del adulto. Pero el hecho de que esté «proscrito» de la economía de la traducción, hace que se cree sin recurrir a la represión. Inconsciente no reprimido que es un inconsciente producido por proscripción (o por exclusión), inconsciente no pensable que yo llamo «inconsciente amencial», o «inconsciente proscrito» que constituye la contrapartida tópica de los juegos del cuerpo excluidos de la subversión libidinal.

Se llega, pues, en esta concepción, a una tópica que describe la yuxtaposición de dos inconscientes, diferentes en su génesis, diferentes en su funcionamiento. Entre ambos, una escisión. Ya que no existe ninguna comunicación, ninguna circulación directa posible entre los dos, por la razón misma de su heterogeneidad substancial.

  • Con respecto al inconsciente sexual reprimido, el preconsciente. Es la dualidad sistémica en la que Freud se interesó especialmente y que está construida, según Jean Laplanche, mediante la dinámica mensaje, traducción del mensaje, residuo no traducido del mensaje que forma lo que incumbe a la jurisdicción de la represión originaria.
  • Respecto al inconsciente amencial, el sistema consciente.

Se encuentra así redistribuida la primera tópica freudiana, según una geografía centrada por la escisión que constituye una tópica de la escisión, o “tercera tópica “.

Apego y relación de dominio

¿Cómo se reconoce el inconsciente amencial?

Cuando el encuentro con el otro confronta al sujeto al riesgo de la separación o de la pérdida, aparece una desestabilización que asocia siempre, in statu nascendi , el miedo y la cólera, (como lo mostró Bowlby). La violencia es la tarjeta de visita de la amenaza de separación en el registro de la relación de apego. El miedo, aquí, es el miedo a una pérdida de cohesión de la tópica, angustia intolerable de una desestabilización de la escisión que conlleva la pérdida de contacto con la subjetividad, en tanto que la subjetividad que se experimenta se sitúa ella misma del lado de lo sexual, de lo erótico, es decir, de los sistemas inconsciente reprimido-preconsciente que son los referentes tópicos del cuerpo erógeno. La descompensación que se anuncia por la amenaza de la pérdida, se traduce por una angustia atroz de la subjetividad que se ausenta, por un temor de hundimiento si nos colocamos en la perspectiva de Winnicott, por el horror del sentimiento de la vida que se aleja de sí, si nos colocamos en la perspectiva de la fenomenología de la vida, por el miedo al vacío, tal como la encontramos en la experiencia psicótica.

La lucha contra la angustia que contiene la amenaza de la separación en tanto que significa la desestabilización de la escisión, ocurre, cuando aún no es demasiado tarde y el sujeto no se ha volcado todavía hacia el hundimiento en una tentativa desesperada de mantener al objeto bajo su control sin pensamiento e impensable, lo que surge del residuo del apego se da a conocer esencialmente por la “relación de dominio” que fue estudiada por diversos autores (concretamente por Roger Dorey). Lo que Freud definió como relación de dominio derivaría del residuo del apego y tiene de él todas las características. Es una relación que, precisamente, debe al apego el ser vectorizada hacia la fijación de una relación al otro de tipo tiránico. Esta fijación tiránica tiene dos caras: la tiranía que se manifiesta como dominio y la dependencia que se manifiesta como sumisión.

El modo de relación específico del dominio sería pues a la vez una relación de dependencia al otro y una relación instrumentalizante que utiliza al otro como un objeto parcial. Esta dimensión específica, tiene muchas consecuencias en el nivel de la condición humana y de la filosofía política, dimensión que asocia siempre la fragilidad psíquica a la tiranía, lo que conduce a Derrida a traducir el término de Bemächtigungstrieb, por «pulsión de poder» y no pulsión de dominio. Sin embargo, esta relación de dominio o de poder sobre el objeto instrumentalizado y reducido al estado de objeto parcial, un medio que se opone a un fin, está en contradicción con el otro modo de la relación de objeto, tal como se forja a partir del otro sector, el del inconsciente sexual y del preconsciente, es decir, el modo de relación centrado por la seducción. La oposición fundamental entre seducción y dominio debería provocar un conflicto intrapsíquico y una descompensación si fuera experimentada afectivamente en el Yo, es decir, si fuera pensada. La escisión es lo que permite al sujeto no pensar este conflicto, al menos mientras dura la escisión. Insisto, la escisión está en lo no pensado. Pero, ¿cómo se sostiene este desconocimiento entre los dos sectores del aparato psíquico?

El pensamiento prestado y el imaginario social

Algunos sujetos rellenan preventivamente el vacío con un pensamiento que no es el suyo : un pensamiento convencional, reducido a veces a estereotipos, fórmulas hechas, conversaciones de café de barrio, o con un pensamiento que, al contrario, tiene todas las cualidades de un rigor intelectual, de un razonamiento bien estructurado, incluso de eficacia tecnológica y operativa, es decir, un pensamiento que, estando vacío (sin carne), está también al abrigo de las trampas del inconsciente sexual reprimido y no comporta ni fantasías, ni sueños, ni deriva, ni lapsus, ni doble sentido. Tanto si es pobre y esterotipado, o prolijo y tecnológico, este pensamiento es un pensamiento prestado. Allí donde la carne y el afecto están ausentes, el pensamiento es inauténtico y da clínicamente esa tonalidad de pensamiento «as if» («como si») y de personalidad en falso self. Lo que sostiene su funcionamiento, lo que le pone aquí en movimiento, no es el estado afectivo del cuerpo, ni la pulsión, puesto que existe una agenesia pulsional. Lo que lo sostiene es el llenado del vacío. La llamada al llenado del vacío no procede de una movilización del inconsciente reprimido, sino del otro sector del inconsciente, el sector escindido que suscita únicamente una contrainvestidura en masa, con el fin de conjurar el vacío. A decir verdad, no sabemos bien si es el vacío (o el miedo al vacío), el que constituye una llamada « compulsiva » al pensamiento prestado o si el pensamiento que viene del exterior a través del imaginario social[3], la educación, la instrucción o los medios, aprovecha de la ausencia del pensamiento para instalarse en la tópica[4] (ver la hipótesis de la tercera tópica en : Le corps d’abord, p. 83-125; 132-134; 188 y 192-196)

Sea «prestado» u «oportunista», incluso «comensal» («blablablá»), este pensamiento tiene el mérito de sostener una apariencia y de conjurar la experiencia del vacío, así como la descompensación psicopatológica…a veces durante mucho tiempo, en ocasiones durante toda una vida. (Este pensamiento confiere al sujeto incluso el sello de lo que le hace «normal»)

Volvamos más precisamente al dominio. No pudiendo ser pensada subjetivamente, esta relación de dominio o esta pulsión de poder está objetivamente racionalizada.

La racionalización objetivante es precisamente, lo que permite al sujeto conjurar la exigencia de trabajo impuesta a la subjetividad. Coge las racionalizaciones impersonales provenientes del exterior que tematizan específicamente la relación de dominio-servidumbre. Dominio frecuente del hombre sobre la mujer, dominio de los fuertes sobre los débiles, relaciones de dominio de género, que no llegan aquí fortuitamente para relevar a la pulsión de dominio y colmar lo impensable subjetivo: el dominio de género no es una invención del sujeto. Le es más bien impuesta de entrada por lo que Jean Laplanche teorizó bajo el concepto de «asignación de género».

La asignación de género no designa sino la identidad del estado civil, a mi entender, una posición específica en las relaciones sociales de dominio que estructuran la sociedad. La asignación de género no proviene de lo sexual, y las racionalizaciones objetivantes de la relación de dominio que buscan ser interpretadas y pensadas desde el exterior, se injertan en el inconsciente amencial como residuo del instinto del apego, que está también fuera de lo sexual, es no sexual.

De esta manera, se constituye una especie de alianza entre inconsciente amencial de un lado, ideología e imaginario social de otro. Este imaginario social se constituye como una forma de no pensamiento debido a que la racionalización consiste en general en una “naturalización” de las relaciones de género, es decir, un pensamiento simplificado o simplista: hombre activo y dominante, mujer pasiva y dominada o servil, etc.

Así, la figura «dominación-servidumbre» es la forma más frecuente de racionalización «impensada» de la relación de dominio. De esta manera, el inconsciente amencial, el residuo de lo instintivo en el hombre, excluido de la subversión libidinal, se juega en la sombra, a través de las posiciones políticas naturalistas reaccionarias extremadamente banales que corremos el riesgo de dejar escapar en el trabajo analítico, cuando la escisión del paciente redobla la escisión del analista. Se forma entonces lo que he tratado de describir bajo el nombre de «alianza por exclusión».

La alianza por exclusión

Ya que el riesgo del encuentro analítico es picar en el anzuelo de la escisión. Si la transcendencia de la transferencia tiene tanto que ver con la seducción por el adulto, como sostiene Jean Laplanche, existe también un gran riesgo de escisión en todo encuentro amoroso que, en este sentido es efectivamente muy peligroso. Los sujetos que se sienten más vulnerables a la descompensación se defienden a menudo con éxito, pero al precio de un retraimiento de su vida social y sexual evitan situaciones de seducción, o tienen aversión por el psicoanálisis.

Otros sujetos con más suerte consiguen construir una vida sexual estable, cuando encuentran una pareja capaz de aceptar juegos eróticos respetando los límites que nunca hay que transgredir ( es decir, no solicitando los registros del actuar expresivo proscritos del orden erótico) : para unos, todo está permitido salvo el contacto bucal ; para otros, todo está permitido si la luz está encendida y conservan un control visual de la situación; para otros también, el cuerpo a cuerpo es posible a condición de excluir las caricias en tal o cual parte del cuerpo…Así, se puede constituir una alianza en la pareja compatible con la estabilidad de la escisión. Con formas de respeto de la escisión por exclusión de los juegos del cuerpo que fueron proscritos de la subversión libidinal.

La alianza intersubjetiva por exclusión no se negocia siempre con la pareja. A menudo se impone, mediante violencia. En efecto, la negociación supondría un manejo del pensamiento. Pero hemos visto que precisamente, en esta parte de la tópica, el pensamiento está afectado por la proscripción (por oposición a la represión). Entonces de manera directa, en el curso mismo del intercambio erótico, el sujeto impone a su pareja la suspensión de la seducción provocando una ruptura mediante un gesto violento: mordiendo, estrangulando, conteniendo y provocando dolor, gesto “involuntario” o “torpe”, rechazo brutal que puede pasar por un desliz, por inadvertencia de un gesto inicialmente erótico. Existen muchas maniobras que, de hecho, desencadenan el miedo en la pareja. Después del incidente, ninguna explicación. A lo máximo alguna excusa sin comentarios (ya que no hay un pensamiento preconsciente). Uno tras otro, estos incidentes imponen y enseñan a la pareja las limitaciones precisas que convienen practicar en el juego de la seducción, con el fin de proteger la zona excluida del intercambio erótico. Como máximo, el sujeto impone a la pareja una pasividad y una sumisión. Estos complejos comportamientos, que cada vez pueden comprometer definitivamente la relación, dibujan poco a poco la geografía erógena y sus límites, tanto para la pareja como para el sujeto mismo. Cuando la relación de alianza se estabiliza, no es raro que los fallos de la pareja ocasionen comportamientos aún más agresivos. De este modo, el sujeto hace también la experiencia del poder de controlar su propia escisión mediante el dominio ejercido sobre el cuerpo de la pareja. Experimenta goce por ello.

«La alianza por exclusión» se convierte entonces en una fuente suplementaria de goce sádico. Se encuentra así concretada la confluencia de lo sexual y de lo no-sexual en una especie de co-excitación sexual patognomónica de la alianza por exclusión, destinada a mantener la escisión.

Una alianza análoga pero más deletérea puede ser construida también por un sujeto con uno de sus hijos, pero entonces el dominio ejercido sobre él por el adulto se salda con una psicosis o una somatosis. Es el caso de la paciente que les hablé hace un rato.

El camino inverso: la perlaboración de la escisión

Cuando digo: «no, esto no puede continuar así», o: «NO, ESTO NO PUEDE CONTINUAR ASÍ», el actuar expresivo no es el mismo. Pero yo propongo que el pensamiento tampoco es el mismo en ambos casos; que la intencionalidad que se encuentra en su comienzo no es la misma, porque lo que afectivamente se experimenta en el umbral de la enunciación y sobre todo lo que se siente afectivamente cuando me escucho gritar o decir, no es la misma cosa. El mensaje no es el mismo en tanto que se dirige al otro, ni por lo que me revela a mí mismo. Comprendiendo e incluyendo lo que queda por explicitar e interpretar, por «traducir» que diría Laplanche, por perlaborar. Ya que el actuar expresivo expresa, pero al mismo tiempo puede convertirse en una exigencia de trabajo para el psiquismo o para el Yo: ¿cómo he podido ser tan agresivo? Ni yo mismo sabía de lo que podía ser capaz. En mí se desvela algo que poseo en mi interior. Entonces esta experiencia trágica, en el sentido de Chestov comentando a Dostoïevski o de Bataille después de Chestov comentando la experiencia erótica, puede reclamar, exigir en el momento, un trabajo del pensamiento, un trabajo del Yo sobre el cuerpo, sobre la experiencia del cuerpo que se revela de esta manera. Pero no podemos decir que este trabajo se haya verdaderamente realizado sino cuando es acabado mediante el trabajo del sueño. Desde el punto de vista de la práctica, este punto es crucial. Únicamente la perlaboración mediante el sueño, pienso yo, permite testificar que las mociones que llegan del inconsciente amencial han sido efectivamente pensadas, y que están ahora disponibles para enriquecer el inconsciente reprimido, marcando una etapa en la maduración de la subjetividad. Señalo de esta manera este punto de vista metapsicológico: el sueño, decimos con Freud, es la vía regia de acceso al conocimiento del inconsciente. A menudo se piensa en el sueño como el retorno de lo reprimido y como la satisfacción de un deseo. Es justo, pero no se ve siempre suficientemente que el trabajo del sueño consiste también en la producción de un contenido latente, el mismo que tratamos de traducir. Aunque sin el analista el soñador no sabría nada. La función propia del «trabajo del sueño» es conseguir una represión, enriquecer mediante esta vía el inconsciente sexual y agrandar así la subjetividad.

Este largo proceso sólo es posible en la medida en que el sujeto moviliza su voluntad para no oponerse mediante la renegación a esta experiencia de auto-revelación, y aceptar pues, el asumir el riesgo y la carga de angustia que de ello resultan.

Cuando este proceso de perlaboración llega a su término, el inconsciente sexual se enriquece. Lo que importa aquí es el trabajo que se impone al psiquismo a partir de la experiencia del cuerpo comprometido en el actuar expresivo. Perlaborar la escisión, es inevitablemente también desplazar los contenidos del sistema consciente, es también poner en cuestión nuestra propia relación con la ideología, el imaginario social, la dominación, incluso a la violencia. Por ello, me parece que la perlaboración de la escisión corresponde muy precisamente a lo que Nathalie Zaltzmann estudió a propósito del concepto de «Kulturarbeit», y que ella comenta de una manera muy interesante en: De la curación psicoanalítica (De la guérison psychanalytique). Habrán comprendido entonces, incluso si es en filigrana, que la escisión y la perlaboración de la escisión están para mí en el centro mismo de esta cuestión tan difícil de la teoría psicoanalítica del sentido moral.

Para ilustrar la perlaboración de la escisión, vuelvo a la paciente que hemos visto antes. Se trata de un fragmento del periodo crítico que se sitúa entre el ataque por los neurolépticos y el sueño del caballo nadando en la mierda.

Perlaboración de la escisión

La paciente sufre de múltiples síntomas organizados alrededor de una impresión extremadamente penosa de estar enferma, estar afectada por una enfermedad grave que la destruye y que los médicos no saben diagnosticar. Una enfermedad que le vacía su energía, que le da la impresión de estar constantemente al borde del agotamiento. Un cuerpo que se desgasta todo el tiempo, un cuerpo que, o bien es insensible, o bien está vacío. Consulta muchos médicos y especialistas, pero no le encuentran ninguna lesión somática que pueda corresponder a estos síntomas inquietantes. Se enfurece. Le dijeron que tenía una constitución débil desde su nacimiento. El cuadro clínico con sus racionalizaciones interminables, esta astenia persistente, este confinarse en la cama, esta queja con que la moviliza a todo su entorno, evoca el cuadro clásico de una psicastenia con un núcleo hipocondríaco sobre todo físico. Pero hay también una hipocondría mental, angustias de pérdida del funcionamiento intelectual, de degradación de la memoria, dificultades cada vez más importantes para razonar y tomar decisiones, lo que la condena a la pasividad. Teme estar afectada de una enfermedad de Alzheimer, aunque sólo tiene 32 años. Durante más de dos años, las quejas hipocondríacas y el déficit de tono se anteponen en el cuadro clínico e invaden el análisis, en cierta manera una caída en el vacío, en un pensamiento empobrecido y concéntrico, enteramente vuelta sobre sí misma, sin investidura afectiva, profesional ni intelectual. En esta época, lee a menudo el libro de Zorn: Mars (Marzo ) donde se reconoce totalmente. Piensa que sin duda tiene un cáncer como él. Las fantasías son poco accesibles, hasta que puso en escena una corta serie de representaciones donde el cuerpo vivido aparece de manera muy expresiva y, finalmente, palpable. Primero tiene en sesión la fantasía de una paloma con los ojos tapados por una venda metálica, para que no pueda ni ver ni matarse. El pájaro está conectado con el palomar mediante una red compleja de cables que le encadenan, le impiden volar, pero pueden desequilibrarla para hacerla aletear y llamar así hacia el árbol otras palomas en vuelo..

Se niega a hablar, luego banaliza lo que acaba de contar y quiere irse. Acabo interviniendo interpretándole la manera en la que siente su cuerpo aquí, en la sesión, obstaculizada por mí. Querer dejar la sesión, es sin duda manifestar su deseo de librarse de mí, pero la banalización de lo que acaba de experimentar contándome este sueño despierta, también plantea un problema.

Piensa entonces en un cangrejo. Que anda de lado como ella ayer por la noche. Ella es por otra parte del mismo signo, cáncer. El cangrejo ataca a los seres vivos con sus pinzas.

Ella duda y me pregunta. – ¿los cangrejos tienen pinzas? Y puede matar.

Yo. – ¿Qué haría él con un hombre?

Ella. – Lo atraparía por el cuello. La carótida…

No puede continuar imaginando lo que ocurriría después, un cadáver.

Luego, piensa en las medusas en la playa, que se pegan mediante una ventosa a su soporte, que se pueden empujar con un palo, pero no reaccionan y todo vuelve al mismo lugar cuando paras. Se siente así, de gelatina, sin iniciativa, completamente pasiva. Es exactamente al revés, añade, de que lo que haría falta para poder hacer un análisis.

Teniendo en cuenta el contexto, lo que me parece importante aquí, respecto a los estados del cuerpo experimentados afectivamente, es la regresión del pájaro que hace grandes movimientos pero está atrapado, hacia el cangrejo que se desplaza peor, pero que tiene un caparazón y con qué matar y, finalmente, hacia el cuerpo de molusco gelatinoso e inmóvil. Y pienso que es útil acusar recibo a la paciente de estos estados del cuerpo vividos según los principios que propone Anzieu en su teoría del Yo-piel, es decir, enunciando los significantes formales correspondientes. (1987).

El pensamiento que llevaba varios meses adormecido en un cuerpo informe y no movilizable, no puede desarrollarse más que si el cuerpo enrolado en un actuar expresivo dirigido al analista, es objeto de un acuse de recibo.

Dos días más tarde, respondiendo a mi intervención, comienza, la sesión evocando un sueño donde estaba dando a luz. Su madre estaba cerca de ella y eso la ponía muy nerviosa. Paría, pero sin ningún dolor, lo que encontraba anormal (este punto es importante. No experimenta ninguna sensación en su cuerpo). Finalmente, «la gente» (sic) cogía al bebé. Ella lo veía parcialmente, era un niño y tenía el pelo moreno (ella es rubia). Este no era su hijo, al menos era la impresión que tenía. Su madre le decía de coger al niño, de tocarlo, de amarlo. Pero eso no la emocionaba nada. Era un sosía de su hermana pequeña, salvo que era un chico. Molesta por la presencia de su madre. Lo que quería, comentaba dirigiéndose a mí, era tener una niñita rubia. En ese momento la sesión se interrumpió por una llamada telefónica. Una vez hube colgado, retomé lo que decía.

Yo. – Entonces, ¿le gustaría tener una niñita rubia?

Ella. – ¡No!, mi deseo es tener un amante-(pausa)- dudo entre los dos.

Las siguientes sesiones conducen a la madre, mujer muy extraña, médico, que pinchaba con alfileres cuando ella era pequeña, no a ella, sino a su hermana pequeña, con el pretexto de que era muy blanda e insuficientemente activa, cosa de lo que la paciente tiene un recuerdo preciso. La medusa, es la hermana, pero la hipocondría y la abulia han hecho de todas formas su recorrido dando testimonio de la formación del inconsciente amencial de la paciente. Esta postración, esta inercia, eran pues provocadas por la invitación del analista a jugar juegos con la pasividad del cuerpo en el diván, que recordaban el odio de la madre contra el cuerpo de sus hijas impidiéndole pensar y reconocer lo que ella sentía en su cuerpo, precipitándola entonces en la postración y el aturdimiento.

Hay que remontarse hasta lo que en mi trabajo con esta paciente la hizo sumergirse en esta regresión psicasténica, para permitir a la paciente retomar la perlaboración de las actuaciones expresivas dirigidas al analista.

Vamos a ver cómo concluye la resolución de la crisis psicasténica: sueña que se encuentra en una habitación donde se pelea violentamente con un niño pequeño que es insoportable. Encuentra mucho placer en pegarle. Su hijo real está en un rincón de la habitación. Tuerce el brazo del niño, pero es de una materia como caucho, elástica y resistente. En un momento dado, escarba en los bolsillos del niño quien, entonces, se confunde con su hijo real. Descubre con horror en sus bolsillos todas sus joyas que le ha robado, sobre todo las joyas más preciosas.

En otro momento, se ve acorralándolo y hundiéndole alfileres en las manos, muy profundamente para hacerle daño, pero sin hacerle sangrar.

Trato de mostrar en este fragmento cómo la angustia del vacío y del hundimiento, la angustia de sentir la frigidez y la muerte en sí misma, debido a la desestabilización de la escisión, puede ser trabajada aquí a partir de lo que ha sido excluido del cuerpo por la subversión libidinal- todo ello gracias a la transferencia y a la seducción ejercida por el adulto (aquí el analista). El proceso se concluye mediante el trabajo del sueño que muestra ahora la capacidad de la paciente para soñar un “actuar expresivo” de la agresividad. Vemos entonces lo que es reprimido por el sueño y que pasa al mismo tiempo al estado de contenido latente de este sueño: el placer de pinchar, de hacer daño a su hijo, de hacer daño al cuerpo de su hijo. De esta manera, la aversión hacia el cuerpo de este hijo y lo que él suscitaba en ella, como por ejemplo odio a sí misma, puede ser superado y enriquecer los registros eróticos de la excitación y del deseo. Habría que discutir aquí de qué manera esta perlaboración no es únicamente una reapropiación por la subjetividad de la paciente, sino también la condición sine qua non para autorizar a este hijo a pensar su propio cuerpo y su sexualidad. Esta cura permitió por otro lado que el hijo saliera de una psicosis. Porque si no se puede reconocer la violencia que hay dentro de uno, no se puede renunciar a la relación de dominio sobre el otro. La renuncia, Triebverzicht, no puede llegar sino después del reconocimiento de lo que fue impensado.

La escisión del yo según Freud y la escisión en la tercera tópica

Habría que discutir con todo rigor la escisión en la tercera tópica en relación a la escisión tal como fue concebida por Freud. Esta discusión no es fácil, porque los últimos textos de Freud a este respecto muestran que estuvo dudando hasta el final. El conocimiento firme sobre el que se apoya, es el de la escisión del Yo frente a la angustia de castración, en la perversión y el fetichismo. Es cierto que la escisión en la tercera tópica reenvía, esencialmente al problema planteado por la psicosis y la somatosis: «Nosotros decimos, pues, que en toda psicosis hay una escisión en el Yo y si defendemos tanto este postulado, es porque se encuentra confirmado en otros estados más próximos a las neurosis y, finalmente, en estos últimos también». (Freud S.: Compendio de psicoanálisis, pág. 80). Pero enseguida abandona este terreno para volver al fetichismo.

La dificultad de Freud, creo que proviene de que aborda el problema de la escisión en la psicosis a partir de la relación con la realidad. ¿Qué realidad? La realidad del mundo exterior que el delirio maltrata. Y mediante esta vía, no hay solución. Mi visión va en la dirección opuesta. La realidad que trato dilucidar, es la que, a falta de poder ser pensada, no puede ser conocida por el sujeto más que de la manera no dilucidada, no de una deserción de la percepción de la realidad externa, sino de la deserción de la percepción de sí mismo, mediante la angustia atroz del vacío, o incluso de la pérdida de la capacidad de sentir. Es decir, la pérdida de la percepción de la realidad interna. Freud escribió: «El problema de la psicosis sería simple y claro si el Yo se separase completamente de la realidad, pero esto es algo que se produce raramente, quizás nunca» Y: «En lugar de una única actitud psíquica, hay dos; una, la normal, que tiene en cuenta la realidad, mientras que la otra, bajo la influencia de las pulsiones, separa al Yo de esta última». La paradoja de la tercera tópica, consiste en esto precisamente, que finalmente, la relación conformista o conforme a la realidad externa de la que da testimonio el pensamiento del sistema consciente, se encierra en una renegación de la realidad interna de la escisión. Y es cuando el sujeto no puede ya oponer la renegación a su realidad interna que corre el riesgo de perder la relación con la realidad externa y ponerse a delirar, o eventualmente hacer una descompensación somática.

El fin del capítulo VIII del Compendio de Psicoanálisis parece menos extraño si se entiende que Freud presiente la dificultad específicamente ligada a lo impensable de esta realidad interna: «Dos actitudes contradictorias se manifiestan siempre, tanto la más débil, la que fracasó, como la otra, concluyendo en la creación de complicaciones psíquicas. Añadamos, finalmente, que nuestras percepciones conscientes no nos permiten conocer más que una parte bien pequeña de todos estos procesos» (pág. 83).

Freud, había escrito un poco antes: «Los hechos de la escisión del Yo, tal como venimos de describirlos, no son ni tan nuevos, ni tampoco tan extraños como pudiera parecer al principio. El hecho de que una persona pueda adoptar, respecto a un comportamiento dado, dos actitudes psíquicas diferentes, opuestas e independientes una de otra, es justamente lo que caracteriza las neurosis, pero conviene decir que en tal caso una de estas actitudes emana del Yo, mientras que la actitud opuesta emana del Ello. La diferencia entre los dos casos es esencialmente de orden topográfico o estructural y no es siempre fácil decidir a cuál de las dos eventualidades nos referimos en cada caso particular» (ibíd. pag.82)

Finalmente, la tercera tópica conduce a la misma conclusión: la escisión está presente tanto en el neurótico como en el psicótico, o el psicosomático. Esta escisión sería la consecuencia, en cada uno, de los límites encontrados por la subversión libidinal y la dinámica de la seducción. De ello resultaría que la libertad de habitar y de sentir su propio cuerpo, y la libertad de movilizar su cuerpo tanto para amar como para pensar, sería solamente más amplia, a veces mucho más amplia, en la neurosis que en los casos más graves.

Pero si admitimos la tópica de la escisión, entonces admitiremos más fácilmente que nadie, que incluso el « mejor neurótico » de entre nosotros, no esté definitivamente al abrigo de descubrir en él el riesgo de hacer la experiencia de la psicosis, de la enfermedad somática o de la monstruosidad de la pulsión de dominio.

 

 

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Traducción del término alemán « Geisteswissenschfften » : « ciencias de la mente ».

[1] “Si ahora abordamos desde el lado biológico el examen de la vida mental, la pulsión nos aparece como un concepto-frontera entre lo anímico y somático”(Freud, “Pulsiones y destinos de las pulsiones”, 1915)

[2] No quiero decir, diciendo esto, que subscribo la concepción de estadios de Freud. Lo que apunto aquí no es una recopilación de estadios según una estratificación evolucionista que conduciría a una cierta madurez genital y heterosexual. Se trata más bien de una progresión espacial que conduce a la formación de una “geografía”, la del cuerpo erógeno.

[3] Distinguir de la pulsión de muerte, como lo dije más arriba (ver “Le corps d’abord”, pag, 160-167).

[4] Imaginario social en el sentido de J. Le Goff y no de C. Castoriadis